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Un regalo de navidad.

“Tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, tantos años juntos, presos de una rutina que los aleja por momentos. María es una apasionada de su trabajo, se sumerge cada día en montañas de papeles perdiendo la noción del tiempo. Antonio se pierde entre ciudades distintas cada día, su trabajo como piloto no es fácil, aunque le permite viajar por el mundo, disfrutando de grandes maravillas. 

Llevan ocho años juntos y cada día la relación se enfría más, las conversaciones son monótonas y tan rutinarias como su día a día. Lejos quedan los años donde las risas, sueños y deseos marcaban cada instante. El cariño existe, pero todo pende de un hilo que en cualquier momento puede romperse y caer en el final que ninguno desea. 

En plenas navidades y sin ningún plan a la vista, Antonio quiere sorprenderla, una decisión un tanto arriesgada, ella odia las sorpresas y tal como está la situación entre ellos puede ser algo arriesgado. 

Un nuevo día se presenta ante ellos y Antonio decide ir a por todas. 

—Cariño, prepara una maleta para unos días, salimos en dos horas —dice lo más cariñoso que puede. 

—¿Perdona? — responde María, entre sorprendida y contrariada, le mira de arriba a abajo. 

—Déjate llevar, me he cogido unos días y quiero tener un detalle contigo –le contesta poniendo ojitos, obvia la palabra sorpresa si no sería una pelea asegurada. 

María resopla, se debate entre decirle que no y comenzar otra bronca más, o simplemente dejarse llevar. Observa todo a su alrededor y se da cuenta de que lo necesita más de lo que imagina, ya no recuerda cuándo fue la última vez que hicieron un plan juntos. Contesta con un simple.

—Está bien— que dibuja una gran sonrisa en la cara de Antonio.

Las siguientes horas pasan muy rápido, apenas hablan, solo se lanzan miradas, algunas cómplices y otras llenas de miedo, igual es el último viaje juntos. Al fin se suben al coche, Antonio pone rumbo a su sorpresa, una pequeña cabaña en un pueblo perdido en la montaña, rodeados de naturaleza, siempre hablaron de perderse del mundo y que mejor oportunidad que esa. Al principio dudó mucho de llevarla allí, no tendrán muchas vías de escape y hace mucho que no son los mismos a solas, el miedo le invadía según se aproximaban. Mientras María simplemente se deja llevar, deja de ir en piloto automático por la vida, solo admira el paisaje, perdida en sus pensamientos. No era consciente de las maravillas que se estaba perdiendo solo por trabajar sin descanso, abre un poco la ventanilla, el aire fresco roza su cara y una mezcla de olores la hizo revivir. 

El viaje llega a su fin y ante ellos se presenta un paisaje teñido de colores rojizos, ocres y un cielo blanco. Al fondo una cabaña no muy grande, pero suficiente para ellos dos, una senda donde poder pasear y descubrir una naturaleza que les está esperando. 

Antonio estaciona justo en la puerta de la cabaña, ella sigue sorprendida por el paisaje y apenas se da cuenta de que es el final, se sorprende cuando la puerta se abre y Antonio le tiende la mano. Ella sonríe.

 —Feliz navidad cariño —dice mientras entran en la cabaña. 

Juntos ven cada parte de la que será por unos días su casita, un salón con chimenea, una cocina no muy grande pero suficiente para preparar algo decente. Lo mejor es el dormitorio, una cama bastante grande y baño con una bañera inmensa, ambos se miran y se sonrojan, hace mucho que no disfrutan de un baño juntos, el deseo hace tiempo que no es el mismo. 

—¿Tendremos que ir a comprar? —pregunta ella para romper el silencio.

—Bueno…he traído algunas cosas, aunque tampoco mucho no tenía claro que al final aceptaras.

—Claro, siempre piensas que te voy a decir que no, por eso apenas me preguntas las cosas ¿no? –suelta María en un tono frío. 

—No es eso, es que… bueno, da igual —dice resoplando— Buscaré un sitio donde comprar lo que a ti te apetezca y listo. 

—Ohhh no, no, tranquilo, si tú ya tienes todo planeado, con lo que tengas estará bien, no quiero ser una molestia –sentencia ella con un tono hiriente. El ambiente se fue cargando de hostilidad, aunque aquí tendrían poco espacio donde esconderse y las palabras podrían empezar a herir.

Antonio abre una de las bolsas que había cargado en el coche la noche anterior, llevaba planeando aquella escapada meses, desde que un amigo le había hablado de aquella casita que se había comprado.

La comida, ya preparada, está guardada en recipientes, un poco de carne, pasta para una comida rápida y unas botellas de vino argentino que se había traído de uno de sus viajes.

María trasteaba en el sofá con el ordenador portátil, comprobaba correos de la empresa.

Antonio, en tono cariñoso, beso los cabellos de María por encima del sofá, mientras sujetaba dos copas de vino.

—No me molestes que estoy trabajando —contesta ella en tono cortante. 

—Ni un solo momento tienes para los dos ya… —protesta Antonio airado mientras deja las copas encima de la mesa.

—Ya te he dicho que mi trabajo me tiene muy ocupada, luego si quieres.

—No hay luego María, llevamos así varios años. 

Ella deja con evidente enfado, el ordenador encima del sofá, coge la copa se bebe el líquido rojo, y se enfrenta a aquella mirada. 

—Si es así, tú tampoco te has preocupado de los dos. Apenas estas en casa y cuando estás es como si no existiera.

El silencio empieza a sentirse cada vez más a gusto entre los dos. 

Ambos se miraron por un segundo a los ojos, mientras que, por ese ínfimo espacio de tiempo, el amor hizo acto de presencia, mirando de soslayo la ventana y saliendo huyendo por ella, ante la inminente guerra de reproches que se avecinaba. 

—Luego está lo de Carlota… —Espeta María en un alarde de valentía.

—Te dije que no había sido nada… solo un tonteo sin más, no ha pasado a mayores, te lo dije. Hasta pedí por ti que me cambiaran las rutas para no coincidir con ella. 

—Venga ya Antonio, que la semana pasada volasteis juntos donde… ¿a Palma?

Antonio se recuesta de nuevo en el butacón, bebiendo un largo sorbo de vino. Carlota había sido una atracción desde el principio, morena, con ojos verdes, y una boca sensual, hacía que cada paso que daba, provocará en Antonio un terremoto de pasión en su interior, como pocas veces le había pasado.

Desde el principio ambos congeniaron, hasta intercambiar más de un mensaje subido de tono en una conversación.

Pero una mañana de primavera, María había confundido por error, los teléfonos que se habían comprado a juego, similares, encontrando la conversación. 

María no daba crédito, tantos años juntos, tantas cosas compartidas, para que alguien… pusiera fin por un calentón de una noche. 

—¿Aún sigues de verdad pensando en ella?, en que me voy a acostar con ella.

—Eso decían tus mensajes.

—Estábamos jugando, ya lo sabes… te lo dijo hasta ella.

—Esa… en fin. 

Antonio, sentado en la pequeña butaca, miraba como la persona que años atrás le había vuelto loco, se había convertido en otra, una persona cargada de reproches, enfados y malos gestos.

—Y ahora —María se había levantado del sofá—, pretendes traerme aquí, no sé con qué repentina intención, para que pasemos unos días…venga ya Antonio, eres un… desagradecido de la vida, de verdad nunca serás el hombre del que creí que me había enamorado.

La puerta de la habitación suena detrás de María, se tumba en la cama, dejando que las lágrimas se derramaran por su rostro, no entendía qué les estaba pasando…

Ella solo podía pensar en los años que habían sido felices, tan bonitos, ambos paseaban por las calles de Madrid, en los parques que recorrían cogidos de las manos… ¿Dónde había quedado aquello?

Se mira en el pequeño espejo que había en la habitación, y recuerda las veces que habían hecho el amor frente a uno muy parecido, piel con piel, se intentaba convencer de que podría merecer la pena.

Aún le quería, de eso estaba segura, quería recuperar aquellas sensaciones, deseaba recuperar al hombre que está sentado en aquel sofá, aunque ahora se encuentra desolado y confundido. 

Le quiere con todo su corazón, su mente le grita que luche, que tiene aún algo en su interior, que puede revertir aquella situación.

Sale del pequeño dormitorio, aun secándose las lágrimas que recorren sus mejillas, Antonio la mira distraído con una mirada entre curiosa y suplicante de palabras de ternura.

—¿Has traído chocolate en polvo? —dice María mientras se pone un gracioso delantal que cuelga de uno de los percheros. 

—En la bolsa azul. 

María recordaba los ingredientes de las tortitas de chocolate que tanto les gustaban. 

—¿Qué va primero la harina o huevo?

—Te he dicho que va primero la harina y los huevos después… 

María le mira por encima del hombro, buscando aquellos ojos verdes en los que tantas veces se ha mirado, y de los que se había enamorado en la adolescencia. 

Vale, ya me acuerdo como se hacen… 

Antonio, que se ha acercado a la cocina, coge un pellizco de harina del bote y se lo pone en la nariz de María, de manera graciosa. 

—Pero bueno, tú que te has creído que esto es de risa… 

María mete la mano dentro del recipiente, coge un gran puñado, y se lo empieza a esparcir por el pelo con una gran sonrisa en los labios.

—Ves, ahora ya tienes las canas que tanto querías. 

Ambos se miran a los ojos, cogiéndose de las manos, el silencio cómplice se hizo entre ellos, buscando poco a poco desaparecer, sus dedos se acarician lentamente. Antonio cierra los ojos buscando el abrazo cómplice de María, que se acurruca en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón, ambos juntaron las cabezas, y aquellos amantes de años atrás volvieron a revivir en sus miradas. 

Los labios hacen el resto, empiezan a juntarse lentamente, como teniendo miedo a que todo se rompiera por querer ir deprisa. Vuelven a abrir los ojos, pero aquella mirada era distinta, el deseo se había impuesto a la ternura, la piel les llamaba a gritos, sus labios se vuelven a juntar violentamente, sus lenguas se buscan con urgencia, y con sed de amor y deseo. Las lenguas juguetean en el interior, rozando, recorriendo cada rincón, jugando a buscarse… El silencio se vio invadido por los besos, ya no existía más que el tímido suspiro entre los dos, las manos de Antonio desabrochaban lentamente el nudo del pequeño delantal que tapa la parte delantera de María que aún está con el camisón.

Ella sonríe al sentir las manos por debajo de la prenda de seda, las yemas de los dedos iban descubriendo la piel desnuda, María deja los labios buscando con urgencia el cuello del amante, recorriendo cada poro con cada beso, rozando con los dientes, mordiendo el lóbulo con urgencia y deseo.

Él no se espera ese arrebato y se deja llevar, bajo sus manos por la cintura de ella, apretándola contra él, los nervios le podían y torpemente intenta desnudarla. Ella se separa y se quita muy lentamente la poca ropa que le queda, mientras se muerde el labio. Se vuelven a fundir en un abrazo cargado de cariño y ese deseo que tan dormido estaba estos años atrás. 

Los besos fueron puro fuego, las lenguas jugaban sin freno, ella le muerde el labio y tiraba de él, cosa que les encendía a ambos. Antonio la empuja contra la encimera llena de harina y empieza a acariciarla, con ansias y necesidad. Ella se deja llevar, necesita sentir que el deseo era real y olvidar el pasado. Se deleita en cada rincón de su cuerpo, recordando los lunares que hacía tanto que no apreciaba, él se desnuda con urgencia, sin miramientos, tirando la ropa por toda la cocina. 

La sienta en una silla de la cocina y susurra al oído —Vas a ser mía—, coge un pañuelo que tiene en el perchero y ata sus manos con delicadeza a su espalda. Ella embriagada por la pasión se le escapa un gemido, lo que hizo que Antonio se vuelva loco, empieza a besar el cuello de su presa, bajando hasta sus pechos, los cuales ya estaban duros y deseosos. Coge chocolate y empieza a dibujar un camino desde sus pezones hasta su entrepierna, la cual está ardiendo. Empieza a lamer suave, a morder los pezones con ansias y tirar de ellos, mientras los gemidos de María retumban por toda la estancia. Sigue recorriendo el camino, se para en su vientre, lamiendo y mordiendo, hasta llegar a sus muslos, con un movimiento rudo abre sus piernas y roza su humedad con su polla. El ansia le puede, pero se resiste, a lo que ella gruñe cuando se separa, agarra fuerte sus glúteos y tira hacia fuera, acercando su boca y lamiendo cada pliegue. 

—No puedo más, te necesito dentro. 

Antonio se levanta de golpe, aun saboreando el jugo de su chica, con sonrisa pícara, paso su erección por sus pezones subiendo hacia su boca; ella no se lo piensa dos veces y saca la lengua para empezar a lamer muy despacio. Empieza un movimiento de cadera sensual, sin prisas y con cada embestida ella abría la boca ahogando sus gemidos, dejándose llevar. Se separa y suelta las manos de María, la cual se vio liberada y se lanza a por su chico, quiere sentirle dentro y no piensa contenerse. Pasa sus manos por el cuello del chico y se funden en un beso largo, ella salta y él agarra sus piernas, ella le rodea y encajaron perfectamente. 

Ahí mismo, contra una pared de aquella cocina que no es ni la suya, se fundieron en uno, ya no solo es deseo, también sentimientos olvidados, prisas y cariño. Su polla entra de un solo golpe, haciendo que María gimiera en su oído, él acelera mientras besa su cuello. Entre gemidos, embestidas, besos y miradas cargadas de promesas, explotaron en un orgasmo como hacía mucho que no tenían. Se quedan así unos minutos asimilando lo que acababa de pasar. Antonio la baja lentamente, una mirada cargada de intenciones fue suficiente para abrirse. 

—Te quiero —dijo ella tímidamente.

—Lo siento por haber fallado todo este tiempo, por no darme cuenta de lo que tenía al lado, pero te quiero mucho y te necesito.

—No, perdóname tú por no saber escucharte y entender lo que necesitabas, por dejarme llevar por la rutina…

Él no la deja acabar, sabe que tiene mucha parte de culpa, la abraza por detrás, acaricia su pelo con delicadeza y aún desnudos empiezan a desnudar sus corazones.

El amanecer los encuentra desnudos en la cama, aún con las mieles del deseo en sus labios, y el sudor de una noche de amor, como hacía muchos años que no habían tenido.

Antonio se levanta de la cama donde María, duerme con la sonrisa más bonita que podía recordar.

—Un euro por tus sueños mi amor —piensa Antonio para sus adentros.

Se acerca a la pequeña nevera que adorna la cocina, buscando el zumo de melocotón que tanto le gusta a ella, maldiciendo su mala suerte, se le había olvidado en casa, busca entre la ropa que se hallaba desperdigada por el salón los pantalones y una camiseta de deporte.

En la mesa aún quedaban los restos de la cena, y unos papeles desordenados. 

Los dedos del hombre se hicieron cómplices de la musa que se había apoyado en el alfeizar de la ventana del salón, los versos volvieron a resonar en su cabeza como cuando era joven.

El bolígrafo empezó a trazar líneas… 

                                      Déjame que te lleve

                                      A mi infierno

                                      Déjame que esta noche

                                      te demuestre cuanto 

                                      te he echado de menos.

                                      Quiero un nuevo comienzo

                                      que nuestros labios

                                      vuelvan a sentir el deseo

                                      que antaño tuvieron.

                                      Déjame una noche más

                                      Ser el siervo del deseo

                                      Encerrarme en los latidos

                                      Y susurrarte al oído

                                      Cuanto te quiero.

Antonio deja la nota sobre la pequeña mesa, encima del ordenador, y sale por la puerta, camino al supermercado.

María despierta al sentir la puerta de la calle, el olor de los besos de Antonio aún estaban en su piel, el sudor aún impregnaba las sabanas, se enfunde el pequeño camisón de color rosa y se acerca al salón. Lee la pequeña nota que está encima del ordenador, el corazón le late a mil por hora.

Antonio entra por la puerta y se encuentra a María envuelta en un mar de lágrimas. Ella corre hacia él fundiéndose en un largo abrazo, junto con un largo y prolongado beso, que sabía a perdón y a un te quiero, se separaron mirándose a los ojos…

—¿Zumo de melocotón con hielo? —pregunta Antonio con una sonrisa. 

—Bobo, claro que sí —contesta María con una mirada divertida, mientras se separa con una sonrisa en los labios. 

El día transcurre entre confidencias, besos y abrazos, y tras una cena dejan que el deseo aprisionado en reproches y tiempo perdido se convierta en pasión y sexo, disfrutando de sus cuerpos.

La mañana llega y con ella, los recuerdos quedan encerrados en aquellas cuatro paredes junto a los gemidos y las pasiones. En el coche de vuelta a casa, el silencio se sienta en la parte trasera, mientras ambos cogidos de la mano van rumbo a un nuevo comienzo, hacia un nuevo amanecer.”

Buenas mis loquit@s, pues aquí tenéis el primer relato, tenía muchas ganas de que pudierais leerlo. En este relato he contado con las manos de Fran Martín, según le propuse esta locura se apuntó sin pensárselo. Fran es escritor de poesía, tiene dos poemarios a la venta, “Donde late el corazón” y “Mil mariposas” los cuales si aún no habéis leído os lo recomiendo de corazón. Desde el primer momento tuvimos una sintonía muy buena, la historia fluyo con soltura y él siempre me lo puso muy fácil.

Ha sido una experiencia muy bonita y quiero darle las gracias a Fran por tirarse a la piscina sin ni siquiera ser un proyecto en firme; por ayudarme y poder aprender de su manera de escribir y ver la vida.

Espero que os haya gustado, espero pronto traeros un nuevo relato, ya os adelanto que tengo varios en el horno jaja. Gracias por leerme y si tenéis sugerencias os escucho, nunca dejéis de soñar, besitos dulces.

4 comentarios sobre “Un regalo de navidad.

  1. Habéis trasladado, para mí, el significado de la palabra rutina en una pareja. Es difícil ganar el amor de una persona, pero que fácil es perderlo… me ha encantado, a veces se necesita algo así para recordar lo que tienes y no perderlo. Enhorabuena a los dos.

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  2. No sé si tengo la suerte o desgracia de no haber pasado nunca por una situación así: el amor no llama a mi puerta XD pero sí lo he visto en mucha gente y es una pena. La base de una relación, para mí, es el respeto y si eso se pierde, ésta se rompe para siempre. Hay gente que pone parches, otros empiezan de cero, pero conlleva un gran esfuerzo y no siempre funciona, así que enhorabuena a los que reconstruyen su relación y son felices, y a vosotros por el relato 🙂

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